Tiempos Dracónicos

Teleférico Caracas

Memorias de la Inconformidad: Las Puertas de la Oportunidad

Acababa de llegar de viaje, corría el año 2009-2010, y después de casi 6 meses de arrastrar a mi consciencia, y un mes de pasar frío hereje lejos de todo en Bogotá, había revivido anímicamente;

Y es que hay mujeres que son expertas en dejarte el corazón tirado en un catre dentro del pecho y recogiendo los pedacitos por meses.

Como les dije, llegué de Bogotá sin ánimos de mucho más que dedicarme a mi carrera, quizás un poco a mi trabajo y tratar de terminar de poner las distintas memorias en el baúl correspondiente. Poner orden, jamás olvidar, porque no puedes olvidar lo que has vivido o cambiaría totalmente quien eres y el valor que tienes como ser humano.

Siempre pensé que cada vez que arrancará una memoria de la inconformidad empezaría con “Erase una Vez” o con “Había Un Vez” o “Este era un reino lejano” para hacerlo al mejor estilo de los cuentos medievales, crueles, pero cuentos al fin y al cabo. Pues éste es un…

Erase una vez un concierto de Epica, una banda de Metal Sinfónico holandesa, su cantante Simon Simmons, una pelirroja hermosa, alta, con el cabello largo y ojos grises como los de Ana Bolena (Según los libros) fríos y calculadores. Ese día nos encontramos con una amiga de un amigo. El, por supuesto estaba tratando de conquistarla. Yo solo iba a ver mi concierto sin ánimos más allá de escuchar a la banda y disfrutar mi día fuera de la oficina. Nos sentamos en una pizzería cualquiera (¡con pizzas al horno!) en un centro comercial cualquiera (al otro lado de la ciudad), y empezamos a hablar como comúnmente se pondrían a hablar un grupete de gente sin mucha edad. ¿Qué quién era ella? Ella era una chica esbelta, de cabello negro como la noche, y no muy alta, con una personalidad de alto voltaje, eléctrica y directa, sin muchos miramientos por tu salud mental o autoestima. Te daba de línea con un rifle de alto alcance sin piedad alguna. Y esto último me llamó muchísimo la atención, era tan directa que estaba empezando a agarrarle cariño.

¿Qué como se llama? Pues, su nombre es Meryl.

El concierto se hizo en el peor sitio que se puede hacer un concierto de rock, un lugar en un barrio nada agradable de la ciudad, en un espacio con inclinación inversa. Fue muy extraño, pero la vida es absurdamente complicada, compleja y a veces sin sentido de la dirección o propiedad, y terminamos siendo amigos esa misma noche porque el destino y la causalidad son enormes a veces y es imposible ir en su contra.

Por supuesto, a partir de ese momento se generó una especie de atracción imposible; Lo admito, empezó a gustarme mucho su personalidad (¿por qué siempre me meto en problemas voluntariamente?) pero como buen caballero me rehusé vehementemente a generar más combustible sobre aquella hoguera y que creciera como el fuego de las herejías de la inquisición de la Santa Sede. Un poco de distancia hubiese sido prudente de mi parte, pero ¿qué daño podría hacer conversar con aquella niña de ojos hipnotizantes? Ninguno pensé.

Pero las conversaciones seguían, puedo decir que es una de las personas con las que más química he experimentado, podía hablarle de cualquier tema, y siempre encontraría un interlocutor dispuesto a conversar. Por supuesto a todas estas, para mi amigo el conquistador esto era un problema, estaba acaparando la atención de su dulcinea sin proponérmelo. Y por supuesto el desvío de sus recursos hacia mi fue como una herida sangrante que no tiene forma de curar. Sin querer, sin pensarlo, y sin pretenderlo, tenía toda su atención. La pregunta que me hice a continuación fue:

“Ajá, ¿Y ahora qué hago con todo esta energía?”

Pues lo que haría normalmente cualquier cristiano mortal que encuentra a alguien que le soporte el voltaje (y que tu se lo soportes): Invitarla a salir a por un café. En el punto más alto de la ciudad. Lejos de todo y de todos. Donde se pueda tener una conversación sin que hayan miradas ni oídos indiscretos estorbando la sinceridad del momento.

Y Dios dijo hágase la luz, y la luz se hizo, y parte de esa luz, me ilumina 10 millones de años después y fuimos a parar al pico de la montaña vía teleférico. Aún en control de los Austriacos que lo remodelaron para ese entonces, compartimos el funicular con una pareja que estaba sinceramente aterrada por la altura y el estar suspendida de un cable mientras la brisa nos bailaba. Compartimos una risa cómplice mientras le dábamos unas palabras de aliento a la muchacha sentada frente a mí, pálida como un ñame. Aquella cabina suspendida a 300m sobre un valle de árboles que parecían no tener final es una vista magnífica, bien sea durante el día, o al atardecer que el cielo se difumina en naranjas, rosados y colores que probablemente cometería una blasfemia si digo un nombre.

Al llegar arriba, pues paseamos, nos bebimos un café o un chocolate. Quizás alguna que otra cosa. Los detalles son confusos entre la neblina, el frío y su risa genuina de alegría. Y de nuevo estaba esa sensación incómoda en algún sitio alrededor de mi aorta. No sé como describirlo pero digamos que se siente como si Bob el constructor estuviera fabricando una barricada alrededor de tus arterias para evitar que exploten con esa presión sanguínea tan alta. No digo que sea desagradable todo lo contrario, es una sensación que te exalta los sentidos hasta inundarte de una alegría que sale de cada fibra de tu ser.

Vista del pueblo de Galipán

Vista del pueblo de Galipán

Yo la miraba, y sonreía, y ella sonreía de vuelta, y robaba el poco aliento que me quedaba, la atmósfera de repente ya no tenía peso suficiente para que el aire viajara a todas mis células de forma normal y oxigenara mis pensamientos, que valga la acotación estaban acaparados. Seguramente era la altura y el mal de páramo. O quizás era algo más.

De aquel día quedan muchas fotografías, y una de ellas es una foto de la bandera de Venezuela, recién puesta para aquel entonces, a blanco y negro. La recuerdo porque me senté a su lado compartiendo un perfecto silencio, sin decir una palabra; solo el hondear de la tela patria y el viento de la montaña generaban algún sonido entre nosotros dos. Fue un momento que ni mandado a hacer hubiese tenido tanta magnitud.

Bandera en Ávila Mágica

Bandera en Ávila Mágica

Y son estos momentos las primeras muestras de las puertas que abren sin darte cuenta.   Luego fuimos a cenar, a mi sitio favorito de la ciudad, Crepes and Waffles, todo iba muy bien, hasta que llegó la hora de despedirnos. En el subterráneo, íbamos en direcciones distintas y sucedió; Yo llamo este fenómeno:

Teorema de las Almas Encontradas Indecisas

El mundo enmudeció, el tiempo se detuvo, el reloj ya no marcaba el segundero, no había nada más en la periferia de mi vista, solo ella con su hoodie blanco y una sonrisa gigante que adornaba su piel tostada por el sol. En ese momento, durante ese minuto eterno, lento, que se deslizaba a través del espacio a una fracción de la velocidad, se abrieron las puertas de la oportunidad. La vi directo a los ojos, todos mis músculos crujían de la desesperación, mi mente en blanco, mi cuerpo flotaba sin dirección mientras sentía el calor de la punta de sus dedos sobre mi piel.  Ya nada más tenía sentido en el mundo, era ahora o nunca; correr o volar; subir o encaramarse;  saltar o hundirse, robarle un beso y empezar algo hermoso o quedarse paralizado ante la situación mientras el tiempo seguía su inquebrantable paso por la galaxia.

Pues no pude robarle ese beso y las puertas de la oportunidad se cerraron por ese día, era el momento perfecto y mi cerebro fue incapaz de enviar la señal de movimiento; y no, no pasó como las películas donde te dan un empujoncito y terminas en la siguiente escena casado. Nada de eso, ni haditas cantando ni espíritu santo redentor. Nada.

Aquel día terminó casi abruptamente, pero fue un día increíble cuasi perfecto y atesoro ese minuto infinito en mi memoria hasta el día que cese de existir. Luego de esos nos encontramos varias veces más pero siempre alguno de los dos tenía algún compromiso con un tercero que mantenía las puertas firmemente cerradas. Quedará para otra memoria inconforme (¡y vaya que inconforme!) otras historias.

Hoy, años después me gustaría tomarme una taza de café con ella, revivir esas conversaciones amplias y abstractas y simplemente preguntarle en algún momento que la taza haya perdido su calor, y solo queden las migajas en el plato:

¿En qué pensabas ese día que no te besé?

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