Tiempos Dracónicos

Crónica Impertinente IV: Electricidad

Suena la alarma, son las cinco de la mañana y el calor abrasador la hace rezongar. Gotas de sudor corren de su rostro empapado, sin comprender como no se despertó antes, el despertador sigue su canto de guacharaca enloquecida, y ella solo extiende su mano y la detiene, el cuerpo a su lado se mueve levemente, aún no despierta, pronto tendrá que hacerlo de todas formas, le permite saborear las últimos minutos de sueño antes de empezar la rutina.

Sin embargo hay un silencio sepulcral, anormal, nada se mueve, el latido del apartamento se ha detenido y la extraña tranquilidad hace un ruido como ningún otro. Se sienta en la orilla de la cama mientras alguno que otro rayo de luz se cuela entre las cortinas, el alba empieza a nacer. Se levanta y camina pesadamente hacia el baño, preparada para el golpe de la luz incandescente del bombillo ahorrador, presiona el interruptor y nada sucede.

Seguramente no lo ha presionado con la fuerza suficiente, a veces su subconsciente la traiciona y esquiva el suiche en un reflejo involuntario. O aún debe estar dormida.

Click.

Oscuridad. La energía eléctrica cuenta su ausencia nuevamente. Abre un grifo y el frío entumecedor del agua de la madrugada le da los buenos días, será un día largo. Se desviste en la penumbra, abre la ducha y sin pensarlo dos veces se mete debajo de aquel chorro gélido con el olor a cobre todavía impregnado en el líquido, respira profundo pero la temperatura empuja el aire fuera de sus pulmones; Tienta a su alrededor y la botella de jabón líquido cae al suelo rompiendo el silencio con su ruido plástico y vacío, y empieza a pensarlo, podría salir así, pero no tiene sentido en su buena conciencia, sería como salir como un pollo mojado. Patea la pequeña botella alrededor del suelo de la ducha hasta que logra tomarlo sin caerse, y la alarma vuelve a interrumpir el silencio incómodo. Saca el jabón de su cuerpo como puede, lo más rápido que sus músculos pasmados le permiten y salta fuera de la ducha olímpicamente, titiritando de pies a cabeza.

Finalmente la penumbra retrocede ante el sol que se asoma timidamente por las ventanas y la voz de la persona con quien decidió pasar el resto de sus días interrumpe su meditación:

“¿No hay luz?” dice somnoliento aún con la garganta seca, “Pues, No” le responde ella aún temblando. Le sonríe en el claroscuro, el también lo hace, comparten el momento durante un segundo, “Está realmente muy fría, ¿podrás?” le dice, entrando lentamente en el calor del sol que baña los dedos de sus pies. “Si tu pudiste, yo puedo, o eso quiero creer yo que puedo”.

Aquella mujer sale a la cocina, a tientas, abre la nevera y toma el cartón de jugo de naranjas, algo de embutidos y algo más de queso, el sandwich será bastante sencillo, frío y pesado sin la magia de la tostadora, la cocina eléctrica se convierte en un monumento a la modernidad mientras exclama en voz alta “Debí haberle hecho caso a mi mamá y haber instalado la cocina de gas”; Regresa al cuarto (sin caerse) y comienza su ritual de vestirse con las primeros rayos del sol en plenitud, los colores difuminan entre el dorado del amanecer y el calor aumenta y la ropa fresca se pega a la piel que empieza a sudar otra vez.

“Será un largo día”

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