Tiempos Dracónicos

Crónica Impertinente II: Agua

La señora aún con los rulos puestos en la cabeza sale con un tanque de plástico azul carcomido por el tiempo y por el uso, seguida por su hijo mayor, cierra la puerta tras de si y empieza el descenso de aquellas mil y tantas escaleras, una escalinata improvisada e irregular, con escalones más altos, otros más anchos, unos más bajos, otros inexistentes, y otros interrumpidos por algún que otro tubo de aluminio que cruza de un lado de aquella via montañosa a la otra. Casas de colores de frisado rústico y puntiagudo la acompañan mientras baja paso a paso y su hijo sostiene uno de los extremos de aquel tanque que sostiene unos 35 litros de agua, ella solo sostiene la tapa y hace su mejor esfuerzo de no caerse en aquel cemento resbaloso cubierto de un moho que no crece de forma equitativa en cada escalón. 

La ciudad se ve en la falda de aquel sitio, impasible y distante, aún es temprano y los zamuros aún duermen tranquilamente en los cables del tendido eléctrico, esperando los rayos de sol matutinos para abrir sus alas sucias y calentar aquellos cuerpos demacrados por la carroña. Después de lo que pareciera más de centenar de escaleras, aquella señora bajita de piel curtida por el sol, se detiene a resoplar, pero continúa inmediatamente, no hay tiempo que perder, el que se para temprano recoge agua fresca dice el refrán de mi tierra, aunque este caso simplemente: Recoge agua. 

Al llegar al cruce con otro pasillo laberíntico se encuentra con una vecina, con dos palanganas, una de peltre abollada por todas partes, y una de plástico amarillo, todavía con las etiquetas de compra pero completamente cuarteadas por el agua, el jabón y los cepillos de lavar que han pasado por ellas. Todos los implementos contenedores están tan secos como un desierto una noche de septiembre. 

“¡Eulalia!” le dice la recién llegada “¿Te trajiste al niño para cargar? Es que ese pote tuyo pesa mucho”, el muchacho solo sonríe pero sabe que su espalda tiene que volver a subir la centena de escalones nuevamente, y con un invitado a cuestas. 

“Pues si Petronela, el que está joven ¡que cargue!” exclama la señora de los rulos en tono jocoso mientras continúan su descenso a hacia su destino final: un camión cisterna. 

La sequía azota a Caracas de forma más o menos uniforme, la mala planificación gubernamental en todos los niveles, formas y estratos golpea a todos los ciudadanos de la gran mayoría de poblaciones de forma ecuánime, sin respetar afiliación política, ni credo. A todos nos afecta que la bomba principal no funcione, y que el embalse principal tenga tan poco mantenimiento que a veces no funcione. Eso sin contar que en la ciudad llueve de forma más o menos constante y se inundan las calles. 

Aquel camión cisterna, de un azul oscuro, gotea agua y aceite por todas partes de su carrocería, el óxido del agua le carcome el acero que lo compone, lleno de polvo, tierra y barro, parece una cápsula de vitaminas en mal estado; Un rótulo blanco pone “Agua Potable” en letras grandes y el número telefonico para llamarlo en caso de emergencia para trabajos particulares, y debajo, el logo de la alcaldía de turno colocado de alguna forma temporal para que los ciudadanos sepan quién los está supliendo del vital líquido. La fila para tomar un poco de aquella agua, que tiene días que no aparece de forma regular por las tuberías, se hace cada vez más larga, y por supuesto, no es gratis, llenar un tanque cuesta 150 bs, cada palangana 70bs. 

El caos se hace presente, personas quieren cortar la fila, otros quieren llevar más agua de lo permitido, algunos no quieren pagar, se desperdecia, se pelea, se pierde tiempo, pero se hace la fila de igual manera. El director de aquel mercado acuático, es un tipo de treinta o más años, más obeso de lo que cabría destacar, con una camisa roida por el sudor y el sucio, tiene un bigote que lo hace parecer salido de una película del viejo oeste mientras maneja el fajo de billetes y se acomoda un trapo de color verde fosforescente sobre el hombro, para poder abrir y cerrar la llave a presión que deja salir el agua en los distintos contenedores de aquel barrio de esa ciudad. 

La señora prepara sus dos billetes de 100, con la cara de un libertador inescrutable, marrón como la tierra que se acumula en las cañerias de su casa, mientras su hijo toma un suspiro profundo, paga, y en se encarama aquel tanque de 35 litros de agua en el lomo, mira la escalinata infinita hasta su casa y echa andar con paso lento y pesado, resignado que mañana habrá que repetir el calvario nuevamente.

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