Tiempos Dracónicos

Convertirse En Adulto

En unos meses (66 días,  para serespecíficoo desde el 20 de agosto, fecha en que escribo esto) tendré 31 años. No, no es la crisis de los 30, yo no creo en esas pavadas. Más bien creo que uno se equivoca mucho para poder llegar a viejo, permítanme extenderme a pierna suelta. Había una vez…

Convertirse en adulto es un asunto esotérico y complicado. Es crecer, madurar, tener responsabilidades, deberes y obligaciones. Es cumplir con la patria, cumplir con la sociedad, cumplir con la familia, con el trabajo, ser el hombre de la casa (en mi caso), el líder de la manada, quien cuida a las mujeres que viven a mi alrededor, quien está pendiente, quien paga las cuentas de los servicios, y si todo esto no es suficiente, también monta el botellón de agua (y destapa los frascos de mermeladas y abre las latas, porque el abrelatas está embrujado y solamente me funciona a mi por alguna razón mística cósmica cuántica tantrica)

Adicionalmente, tengo que ser buen amigo, buen novio (o marido y padre según se vea y el tiempo verbal en el que se escriba), un tipo responsable, no se me puede olvidar nada, debo cuidar lo que como, lo que bebo, lo que no bebo, tomar vitaminas, hacer ejercicio, no trasnocharme ¡AH! Es realmente complicado esto de ser gente grande.

Pensarán que me estoy quejando que he perdido el 90% de mi libertad (lo cual no es mentira, de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, trabajo demás en la casa, ocuparse de todo, y aún así lograr obtener 5-7 horas de sueño teniendo mil cosas rondando mi cabeza cada noche) pero nada más lejos de la realidad, no me quejo, ni tampoco ando estresado, de hecho, podría decir que estoy más tranquilo que cuando tenía 21 y estudiaba de noche y trabajaba de día y tenía toda la energía y el brío de mi juventud adolescente aún inagotable en el cuerpo y me iba de farra cada cuanto tiempo y no dormía.

¿Trasnocharme? ¿Hoy? Probablemente quede inútil dos días. hace 10 años me agarraba una gripe y me la curaba con Ron y Bistecks de Cerdo asados en una terraza echando cuentos. Ahora me agarra un resfriado y tomo tantos antigripales como haya en la cruz roja para evitar que se convierta en una gripe rompehuesos que tan de moda están ahora.

Uno crece pierde facultades y gana responsabilidades, y yo estoy convencido que las responsabilidades son las que se van llevando tu lozano atletismo con el paso del tiempo. El después, ese mal que tenemos todos los Adultos Contemporáneos de este país. Antes un viernes era: Parrilla en casa de alguien. Par de cajas de cerveza, par de botellas de ron, y dale que no vienen carros, puyalo que es en bajada hasta el amanecer. Y todo el mundo se iba caminando derechito pa su casa. Hoy en día cuadrar con los amigos para hacer cualquier cosa tiene que ser con 2 semanas de anticipación, y sujeto a cambios imprevistos porque “Bro, no puedo acercarme hoy, el chamo tiene una piñata y la mamá anda con un bate por toda la casa así que nada. nos vemos luego” o quizás un “no vale no vi eso, me quedé dormidisimo en el sofá”

Es extraño cómo va cambiando la vida a medida que vamos ganando décadas y como las conversaciones dejan de ser cuentos egoístas del yo del fin de semana y las niñas mágicas para convertirse en conversaciones de generalización familiar:

“Que más ¿cómo anda todo?”

“bueno aqui, Alex tiene una gripe que me carga loco”

“¿y ya fuiste al pediatra? mira que esa gripe está dando malisima. A Daniela le dió la semana pasada y con suero y todo”

“si bueno la mamá anda poniendole que si pañitos y esas pendejadas que dice la abuela pero nada, si sigue así mañana mismo vamos al pediatra temprano”

“Mosca con una vaina. Saludos por tu casa”

“igual”

 

Atrás quedaron los sábados de fútbol y cervezas, de gritarle al televisor, de comer hasta la inconsciencia, de inventar cuentos de terror, de hacer cosas peligrosas por que somos inmortales. Por que todo el mundo que tiene 19 se cree severamente inmortal por alguna razón. A cambio hacemos mercado, acompañamos a hacer cosas, somos perchero, taxi, chofer, cargadores de bolsas y apoya carteras temporales, aprendes a cocinar, y deja de importarte si te gusta o no y empiezas a pensar de la forma más sacrificada siempre en tu familia y luego en ti. El instinto de conservación se hace inevitable, piensas en el seguro de salud, en que hay que estar pendiente con el agua, que no hayan llaves abiertas, y que hay que estar atento a cualquier ruidito del cuarto del bebé (para los que tengan hijos, yo no tengo aún, pero tengo las conversaciones paternales con mis amigos que si tienen y sinceramente es diferente pensar en función de los más pequeños de forma permanente.)

Y sin embargo, yo honestamente, encuentro tanta felicidad en la sonrisa de las personas que me acompañan, que me cuesta un mundo extrañar mi inmortalidad adolescente.

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