Tiempos Dracónicos

Sunset

Conversaciones con mi Subconsciente I:

Cosas al azar que aparecen en una corriente de pensamiento aéreo

Y pensar que me gusta tanto el café, y al mismo tiempo me hace daño; Hace unos años un café con leche (marca registrada del desayuno latino, con la respectiva arepa) me provocó una descompostura que me duró varios meses, sin poder tomar nada cercano a la cafeína. Finalmente hace un par de años conseguí por lo menos sobrellevarlo, ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, lo que me hace recordar que ya no como casi azúcar lo cual ha hecho mi vida mucho más dulce, pudiendo saborear con todos los sentidos sin que la sacarosa aparezca en toda su gloria azucarada.

Converso conmigo mismo, y me pregunto, ¿por qué escribo estas líneas? Son simplemente una escapatoria al caos que domina nuestras vidas en estos días de trueno y de tormenta sobre la nación donde vivo (y posiblemente la región)

De todos es sabido –y si no lo sabe, mi querido lector, entérese- el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha muerto de alguna de esas enfermedades que no tienen cura un 5 de marzo del 2013 (dicen que dicen) y desde entonces la ciudad donde vivo, que para más señas, es Caracas y aunque no lo crean está sumida en un caos, más caótico de lo normal, podríamos decir casi que de ciencia ficción con una paralización económica que no le hace bien a nadie, pero ¡hala! Que nada se puede hacer por el momento, y nadar en contra del Orinoco después de 4 días de lluvia no se lo recomiendo ni a mi peor enemigo (ni a ninguna suegra. Dios me las ampare y me las favorezca)

Aun así, Caracas es caótica, es la ciudad perfecta si un escritor cualquiera quiere empezar a escribir su cuento apocalíptico de como el mundo va a descender en una anarquía total y se acabará la sociedad como la conocemos, tan solo pasearse por las avenidas de esta ciudad a las faldas de la montaña, una inmensa pared verde llamada Ávila (parque nacional, y zona recreativa) se podrán dar cuenta de lo pintorescos que son los habitantes de esta ciudad, que más bien es un pueblo grande construido en vertical.

Mientras más lo pienso, más me convenzo que si he logrado vivir aquí durante veinti tantos años próximamente arañando una treintena, puedo vivir casi en cualquier lugar del mundo y hacerme millonario (o por lo menos llegar a viejo tranquilo)  o quien sabe, cumplir mi sueño de comprarme una parcela de tierra y dedicarme a sembrar girasoles o tulipanes.

Querido yo del futuro, cuando mires atrás y vuelvas a leer estas líneas, y te des cuenta que sobreviviste a esta época, y se la cuentes a tus hijos, a tus nietos, probablemente no te crean y digan la frase del momento

“¡Ya el abuelo está delirando otra vez! ¡Mamá! ¿Dónde está el termo con agüita de valeriana para el abuelo?”

Y se acordarán de mi cuando les pase.

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